Se acerca mientras le das la espalda y

en un momento ya está ahí.

Y no puede ser.

Ya hace casi un año que no.

Si

a un palmo de mi nariz,

te diría que una cama sin ti no es mi cama,

sin ti debajo,

como monstruo para una niña de seis años,

aguantando el peso de quien se acuesta con una niña que ya no tiene seis.

Si

a un palmo de mi boca,

te diría que tu lápiz es imprescindible para mi autoestima,

rotrings para el carácter,

peces  de plástico para bucear y

querer a otros

que no son tú, ni se parecen.

¡Qué lástima!

Con las manos sucias de fotos rotas.

¡Y qué lástima!

Con la sangre que duerme en los bolsillos.

Las niñas que dijeron que no,

los niños que dijeron que tampoco,

los peces que agonizaron,

los rotrings que se gastaron,

mi paciencia que se agotó.

Queda mucho

sin separarnos.

Muchas más noches de mirar bajo la cama,

asegurarme de que estás ahí,

con el

polvo,

acariciar tu pelo inherte

y que me huelas

a intimidad.

Desatas ropa interior en un plano infinito, perdido

e inexistente.

Cerca y caliente,

de trescientos días agotado,

de lo que quema saberse culpable.

Gracias.

La piel suave, cada mañana, de quien no sabe aun lo que espera,

huele dulce y a nuevo,

a pescado podrido el fregadero.

Agua, vísceras y sangre, trazando caminos

esperpénticos,

en la sonrisa diabólica del centro de la cocina.

Suena la muerte de la araña asmática

bajo la cama, comiendo polvo, y dibujando redes en tu pelo

de recuerdos eróticos que te inventaste.

Desconoces como huele sentirse muerto,

dejar de protagonizar historias en la que ni si quiera te han nombrado.

Gracias.

Por permanecer aún tan lejos de este mar de colores.